El crujido de las tijeras de podar contra las ramas secas era el único sonido que competía con el rumor de la cascada artificial. Julián no miraba las plantas; la miraba a ella. Helena caminaba por el borde de la piscina con esa parsimonia que solo da el dinero viejo, dejando que la brisa de la tarde jugara con el bajo de su vestido de seda azul. Ella era el sol de esa propiedad; él, simplemente el encargado de que el jardín no se tragara la mansión.
Esa tarde, el calor de julio pesaba más de lo normal. Cuando Helena se detuvo a pocos metros, Julián dejó caer las herramientas. Las manos le temblaban levemente dentro de los guantes de cuero desgastados. Sabía que cruzar esa línea era un boleto sin retorno hacia el desempleo, pero el silencio de la casa y la cercanía de sus ojos ocultos tras las gafas de sol lo empujaron al vacío.
—Disculpe, jefa… —la voz de Julián sonó más firme de lo que esperaba—. Necesito confesarle algo. Usted me interesa de verdad. No como la dueña de este lugar. Como mujer.
El aire pareció congelarse. Helena no se movió de inmediato. Lentamente, cruzó los brazos, un gesto mecánico que Julián interpretó como la construcción de una muralla. Cuando habló, su voz no tenía rastro de calidez; era el tono afilado de quien está acostumbrado a mandar.
—¿Qué te estás creyendo? —dijo, clavándole una mirada que se sentía como el hielo—. Jamás me fijaría en un simple empleado como tú. Mantén la distancia y termina tu trabajo.
Helena se dio la vuelta. Sus tacones marcaban un ritmo impecable sobre el pavimento mientras se alejaba hacia la gran estructura de cristal y hormigón. Julián se quedó atrás, con la cabeza baja, asimilando el golpe de la realidad. Había sido un estúpido.
Pero a mitad de camino, justo antes de cruzar el umbral de la entrada, Helena se detuvo. Julián no podía verla desde su posición, pero ella bajó lentamente las gafas de sol, dejando al descubierto unos ojos que brillaban con una intensidad completamente distinta a su fría fachada. Una sonrisa involuntaria, casi traviesa, dibujó sus labios.
—Él no imagina que también me vuelve loca —susurró para sí misma, sintiendo el corazón latirle con fuerza contra el pecho.
Colocándose las gafas de nuevo, continuó su camino hacia el interior de la casa. El juego del gato y el ratón acababa de comenzar, y en ese laberinto de apariencias, las reglas las iba a poner ella.




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